domingo, 27 de septiembre de 2009

Asturias.

  
En la autopista que va hasta Asturias hay un túnel de cinco kilómetros. De pequeñas lo llamábamos “el túnel largo”. Bueno, de pequeñas y ahora. No sé exactamente en que parte del camino está pero para nosotros cuando sales de ese túnel empiezas a estar en Asturias. Mi padre siempre lo ha dicho así; si al salir del túnel llueve, en Asturias lloverá.

Pasad el túnel. Ya está. Verde y gris, como dice mi abuela que son los colores de allí.

Verde porque todo lo es, mires donde mires, huele a verde. Me encanta ese olor, me huele a hogar, fíjate tú. Olor a verde, que es olor a montañas, olor siempre a humedad, humedad asturiana, que no se puede comparar con la de otros lugares. Olor a frío. A dormir con diez mantas encima. A comer patatas recién hechas. A asomarte a la ventana y ver vacas. A ríos turbios. A bable.
Verde.

Y gris, gris por el cielo. Como dijeron cuando el niño nació: “este guaje va a conocer el sol solo en los libros” Son pocas las veces, por eso el día que sale el sol es un día privilegiado, siempre tiene algo de especial lo que es muy deseado.

A veces también gris por quien no está. Oigo hablar de él, cosas buenas, cosas malas. Podría describirle, sí, pero no serían palabras mías. Lo peor de que alguien se vaya es que no hayas podido crearte tus propios recuerdos, que no te haya dado tiempo a guardar detalles suyos para que cuando no esté puedas pintarle.
Gris.

Sin embargo, el nene nació ojos color cielo, cielo despejado, cielo sin nubes.
Si no puedo pintarle, siempre queda imaginarle.
 

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